Le pareció que, aquella noche, los truenos habían mugido más húmedos que de costumbre. No se atrevió a mirar; el resplandor de la luz de los relámpagos que atravesaba las cortinas de la ventana de su dormitorio no era eléctrico, ni azul, ni verde, como casi siempre. A la hora del desayuno, ese isleño, al que le colgaba la servilleta como si fuera un babero, fue corriendo al malecón, se remangó los pantalones y untó las galletas en el Mar Mífero.
Fdo: Sucette D´Ment
Sersmitu, 4754-39.
