lunes, 9 de agosto de 2010

VISIÓN NOCTURNA


Tiré del hilo y la luz se movió. Tiré hasta que la caña cayó sobre la arena. Un pescador me desenredó el sedal del cuello, del brazo, de los dedos de la mano. Mientras, yo intentaba explicarme.

—Tienes que ver dónde está la pita —dijo.
—Que no vengo a la playa por diversión, como ustedes… Hoy la marea está baja —comenté dirigiéndome a los tres pescadores que me rodeaban.
— ¿Dónde vas a estar mejor que aquí? ¡Con lo que hay en las discotecas! —exclamó uno de ellos, el más joven.
—A nosotros, más que tú, nos preocupan esos que se están bañando— expuso otro pescador—. O los que vienen a las dos de la madrugada. Ellos sí pueden clavarse un anzuelo.
—Mira dónde está el hilo para que no te pille —insistió, como su colega, el más joven del grupo.

Anduve hacia el final de la playa. Allí, en la fuentecita que el Ayuntamiento habilita en verano con ese fin, me quité la arena de los pies. Cerca de la orilla brillaban las luces inmóviles en la punta de las cañas. De ellas colgaba el frío y resistente filamento seco que me había cortado el paso. A las dos de la madrugada quizá los pescadores seguían esperando. No los vi. Cuando me enredé en el sedal, sobre nubes rojas, el sol se adormecía al oeste del horizonte.

Fdo: Sucette D´Ment
Reghajatj, 34- 9.