lunes, 7 de junio de 2010

OCULTA EN LA NOCHE ROJA

Sangre hasta la punta de los dedos, donde esperaba, silencioso, el anestesista sentado al pie de la camilla. En la celda, flota el llanto que nace de la falta y se revuelve en los ácidos que trepan las paredes de esa hora a la que apagaron las luces.
Abrió los ojos: alguien ocupaba su butaca frente al proyector y la pantalla; su cama en el hotel; el faro, el aroma del horizonte perdido que encontrará algún otro día. Lejos, quizá, de las cadenas y la bomba que lleva en el estómago.

- Respira hondo- dijo el galeno, a punto de introducirle la aguja en la vena central del dorso de la mano.

Una canción, un final. Las lágrimas le caían separadas, despacio, como se le clavaban dentro, en el costado izquierdo, las rejas.
El viernes miró su mano aún amoratada y siguió escribiendo una página más en “El libro oculto de los lugares”.

Fdo: Sucette D´Ment
Amyfiland, 289, 14.4.