No dudó, era la presa. La ató a la cama, desnuda, boca arriba y le cubrió los ojos. Comenzó a besarla. Suavemente. Su respiración, la de ella, era cada vez más lenta, más profunda. Sus ojos, los de él, observaban la agitación de su busto, el de ella. Con el dedo índice, trazó el camino del estilete desde el ombligo hasta el seno izquierdo de ella. Repitió esta operación varias veces. Después, sustituyó el dedo por su lengua húmeda. El mismo recorrido. Desde abajo, hacia arriba. Una y otra vez. Cuando la excitación de ella alcanzó el punto que él deseaba, hundió la cabeza entre los pechos de ella. Sentía bajo sus labios el latido del corazón que perseguía. Y mordió; clavó sus dientes en aquella carne que ya era suya. De nada sirvió que la joven se resistiera. Tenía las muñecas, tobillos y cuello atados a su propio ataúd.
Él sacó de debajo de la cama un maletín. Cortó con precisión y serró el esternón del cuerpo que tenía ante sí, como hacía a diario en el quirófano. Por fin era diferente. Arrancó el corazón del cuerpo aún vivo, con sus propias manos. Necesitaba degustar el sabor de aquel corazón en su boca hambrienta. Sentir su roce bajo el paladar, sobre su lengua, en las paredes de su cavidad bucal.
Con el corazón entre los dientes, depositó el cadáver en el suelo. A su lado, se arrodilló y miró al cielo, como en una plegaria.
14 de julio de 2008: “Día del Cínico Perdido”
Fdo: Sucette D´Ment.
(Vídeo: "Barco a Venus". Mecano)